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El Rol de la Sociedad Civil en la Nueva Agenda Global de Paz y
Seguridad
Autor:
Adalberto Rodríguez Giavarini,
Presidente del CARI
Presentación de apertura del Foro de Discusión
"El
Rol de la
Sociedad Civil
en
la Nueva Agenda Global de Paz y Seguridad".
Muy bienvenidos todos a este Foro de Discusión que el Consejo Argentino
para las Relaciones ha organizado conjuntamente con la Coordinadora
Regional de Investigaciones Económicas y Sociales y el Ministerio de
Defensa de la Nación.
Es una verdadera satisfacción ver reunidos en nuestro Consejo a
representantes de los actores centrales de nuestra sociedad civil como
son las organizaciones no-gubernamentales, los centros de pensamiento y
las instituciones educativas. Y es una satisfacción también, porque el
objeto de discusión hoy es la agenda global de paz y seguridad.
Los tres temas principales que se discutirán hoy son la prevención de
los conflictos, la responsabilidad de proteger y la construcción de la
paz en el marco de las naciones unidas. Respecto de este esquema
quisiera destacar la interdependencia entre estos tres conceptos. Es
evidente que mucha de la discusión sobre Responsabilidad de Proteger
(R2P) se ha centrado en el uso de la fuerza como respuesta a situaciones
de sufrimiento humano a gran escala. Esto ha elevado algunas voces,
sobretodo desde el sur global, que conciben R2P como una idea puramente
militar. No debemos dejar de recordar que, sin embargo, la idea y el
programa de acción de la R2P están tanto, o más, relacionados con la
prevención que con la reacción.
A su vez, la responsabilidad no es sólo de proteger, sino de
reconstruir. O mejor dicho, para proteger es necesario reconstruir,
porque es la única forma de remediar a largo plazo las causas profundas
de ese daño al que la intervención debe poner fin. De esta forma, la
construcción de la paz post-conflicto tiene que ser el principio de un
nuevo proceso de prevención. Prevención, protección y reconstrucción son
entonces componentes de un mismo proceso positivo de afirmación de la
dignidad humana.
Es sabido que los estados ven su accionar limitado si no pueden
justificarlo invocando una razón legitimadora. La consecuencia lógica de
esto es que, si las normas cambian, entonces nuevas acciones pasan a
estar permitidas para los estados. Estoy convencido de que existe,
aunque aún en estado embrionario, una norma internacional a favor de la
intervención humanitaria. Sin embargo, este cambio normativo del que
somos testigos y, en cierta medida, protagonistas, está limitado por el
hecho que los estados no están totalmente dispuestos a legitimarlo.
El Consejo de Seguridad se ha vuelto más abierto a valores solidarios a
partir de los años ´90 cuando comenzó a interpretar dentro de sus
responsabilidades bajo el Capítulo VII la imposición del derecho
internacional de los derechos humanos. De todas formas, esta norma de
intervención humanitaria está limitada a los casos en los que el Consejo
de Seguridad autoriza la acción. El punto bien controversial es la
legalidad y legitimidad con la que cuentan estados individuales, o
coaliciones especiales de estados, que intervienen en un estado soberano
para poner fin a una situación de abuso de los derechos humanos de una
población civil cuando NO hay autorización por parte del Consejo de
Seguridad. Esta cuestión fue intensamente controversial en la época de
la intervención de la OTAN en Kosovo. Quisiera recordar que Argentina,
ocupando una silla rotativa en el Consejo de Seguridad, fue junto a
Eslovenia el único de los entonces miembros del Consejo que expresó su
apoyo moral a las acciones de la OTAN en Kosovo.
Puede ser sincera la preocupación por la posibilidad de que una
legitimación de la doctrina de intervención humanitaria menoscabe los
pilares del orden interestatal. De todas formas, ello no quiere decir
que sea una apreciación correcta. Sabemos bien que los estados no están
de acuerdo en cuanto al significado o la prioridad de las diferentes
generaciones de derechos: civiles, políticos, económicos o sociales.
Pero esto no debe obscurecer el hecho que estos mismos estados se han
comprometido en una serie de instrumentos legales a sostener un estándar
mínimo de humanidad.
Lo que se requiere es que la sociedad internacional comience un diálogo
genuino de las condiciones que legitiman el uso de la fuerza por razones
humanitarias. En esta discusión, debe quedar en claro también que no es
aceptable que los miembros permanentes del Consejo de Seguridad ejerzan
su derecho a veto en situaciones en las que hay un amplio apoyo
internacional a la intervención para prevenir o detener violaciones
masivas a los derechos humanos.
Respecto de las condiciones de legitimación, el informe de la Comisión
Internacional sobre Intervención y Soberanía estatal de diciembre de
2001 ya plantea una serie de criterios para determinar la legitimidad de
una intervención. Estos son: la seriedad del daño, el propósito
correcto, ser el último recurso, la proporcionalidad en los medio
utilizados y que las consecuencias de la acción no sean peores que la de
la inacción. Claramente la adopción de estos criterios no puede ser
automática, pero su inclusión en las discusiones en el Consejo de
Seguridad seguramente cambiaría la naturaleza del debate y podría
maximizar la posibilidad de llegar a un consenso sobre si es o no
apropiado hacer uso de la fuerza en una situación particular.
Es decir que, entrando por el derecho de no intervención y la Carta de
Naciones Unidas o partiendo del régimen internacional de los derechos
humanos, llegamos desde ambas direcciones a un dilema muy serio. ¿Cuál
de estos males es peor: el daño al orden internacional si el Consejo de
Seguridad es esquivado, o el daño a ese mismo orden si seres humanos son
aterrorizados mientras el Consejo de Seguridad permanece inmóvil?
Lo que como representantes de distintos sectores de la sociedad civil
debemos hacer es dar un claro mensaje político y señalar una realidad.
Sin dudas el Consejo de Seguridad es la única autoridad legal para
conducir intervenciones militares y debe seguir siéndolo. Pero si el
Consejo de Seguridad no cumple con su responsabilidad de actuar frente a
situaciones que disturban la conciencia de la humanidad, un estado o
coalición de estados eventualmente actuará. Y si lo hace, y respeta los
criterios de legitimidad, es exitoso y la opinión pública mundial así lo
reconoce, esto puede llegar a tener serias consecuencias para la
autoridad y credibilidad de las Naciones Unidas en el mundo.
Hasta aquí me referí a los obstáculos a los que se enfrenta un estado o
grupo de estados que pretende hacer frente al sufrimiento de la
población de un tercer estado, causado por las propias acciones de su
gobierno o por la inacción del mismo. A su vez, hice referencia a una
norma internacional en formación a favor de la intervención humanitaria.
Una norma que hará a estos obstáculos cada vez menos resistentes.
Sin embargo, el problema con todo lo que acabo de mencionar es que,
aunque son avances positivos en términos de lo que ocurría previo a los
noventa, aún se representa a la intervención humanitaria como un DERECHO
y no como un DEBER. Que intervenir para proteger sea legal y legítimo,
no quiere decir que suceda siempre que sea necesario. Es decir, estas
consideraciones entran a jugar cuando existe una voluntad, pero aún el
problema principal de la mayoría de las situaciones de inseguridad
humana pasa por la falta de voluntad política. Esto es, el problema de
la selectividad de la intervención. Podría decirse que los estados
actúan sólo cuando creen que intereses vitales están en juego, por
ejemplo por los efectos que estos conflictos tienen en desplazamientos
de personas. El otro problema asociado a la selectividad es la
intensidad de las operaciones. Si no son acciones motivadas por lo que
se percibe son intereses vitales sino por cumplir formalmente con las
obligaciones humanitarias, es difícil que los estados se comprometan más
que superficialmente y que inviertan sus recursos, financieros y
humanos, con la intensidad y duración requerida por la magnitud de la
tarea.
Para avanzar en una mejor dirección lo que tenemos que resaltar es la
compatibilidad que existe entre la protección del interés nacional, la
promoción del orden internacional y la defensa de los derechos humanos.
Los líderes estatales no deben enmarcar sus decisiones como una elección
entre cumplir con sus responsabilidades hacia sus propios ciudadanos o
con sus responsabilidades hacia los ciudadanos de otro país que ven sus
derechos fundamentales vulnerados. En estas situaciones límite lo que
debe movernos a actuar es el reconocimiento de una humanidad común.
Debido a las dificultades que los líderes encuentran al enfrentarse a
este tipo de decisiones, no podemos descansar en los gobiernos como
únicos guardianes de la humanidad. No sirve de nada horrorizarnos frente
al televisor si lo que hace falta es proceder para poner fin a las
atrocidades y prevenir que se repitan. Las democracias buscarán evitar
tomar decisiones riesgosas que puedan erosionar su apoyo doméstico.
Hemos visto en ocasiones anteriores, que los gobiernos han juzgado que
la opinión pública no estaba preparada para afrontar los costos de
actuar y decidieron entonces hacer poco, o nada. Si en los momentos
previos al genocidio en Ruanda los estados hubieran determinado que su
política de inacción provocaría fuertes cuestionamientos morales por
parte de sus sociedades, seguramente hubiéramos sido testigos de eventos
mucho menos deplorables que los que tristemente tuvieron lugar.
De todas formas, siguen siendo los gobiernos los que tienen la capacidad
de movilizar los recursos para generar los cambios necesarios. El
desafío entonces, para aquellos que están trabajando en organizaciones
no-gubernamentales, en universidades y en los medios es movilizar la
opinión pública hacia un nuevo compromiso, no sólo moral sino material,
con la promoción y sostenimiento de los derechos humanos.
Este cambio en la conciencia moral no garantizará, per se, que se haga
algo cada vez que sea necesario, pero sí ayudará a que los líderes
tengan en cuenta que a las sociedades no les pasará inadvertido que sus
gobiernos decidan no proteger a quienes no pueden protegerse a si
mismos.
Muchas gracias.
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