COMITÉ ESTADOS UNIDOS

Observatorio Estados Unidos / Boletín N° 113 / Septiembre 2021

Dirección: Roberto Russell

Edición: Analía Amarelle / Equipo redactor: Federico Bursky, Sofía Iotti y Carla Gebetsberger

 

INDICE

 

POLÍTICA INTERNA DE LOS ESTADOS UNIDOS

La ambiciosa agenda doméstica de Biden y sus primeros límites

 

POLÍTICA Y RELACIONES EXTERIORES DE ESTADOS UNIDOS

Is America really back? Biden y el desafío de construir una doctrina de política exterior

 

ESTADOS UNIDOS Y AMÉRICA LATINA

(Auto)ayuda para el desarrollo: la transferencia de recursos de Estados Unidos hacia América Latina

 

 

POLÍTICA INTERNA DE LOS ESTADOS UNIDOS

 

 

La ambiciosa agenda doméstica de Biden y sus primeros límites

FUENTE: Patrick Semansky / The Wall Street Journal

La imagen del presidente Joe Biden sigue en retroceso. Según las encuestas del sitio FiveThirtyEight, el mandatario demócrata registra un índice de desaprobación del 48,9 por ciento y uno de aprobación del 45,3 por ciento al 28 de septiembre de 2021. A principios de este mes ocurrió un drástico cambio en la opinión pública que elevó el porcentaje de personas en los Estados Unidos que desaprueban al presidente Biden por encima del porcentaje de individuos que aprueban su figura en el país (Ver edición 112 de este Boletín). Por lo tanto, el descenso de la imagen presidencial incrementa las preocupaciones dentro del Partido Demócrata sobre su futuro electoral. Existe el riesgo de que se pierdan definitivamente las mayorías en ambas Cámaras del Congreso en 2022 si no se logran resultados legislativos que son indispensables para implementar la agenda doméstica que impulsa el presidente.

A pesar de la mala performance en las encuestas de opinión pública, Peter Nicholas (The Atlantic) plantea que el presidente está apostando a largo plazo. Si hay algo que las décadas en el Senado le han enseñado a Biden es la virtud de la paciencia. El control de la pandemia del coronavirus se ha convertido en uno de los ejes principales de la estrategia de la Casa Blanca para ganar las elecciones en los próximos años y, por consiguiente, las medidas más estrictas y requerimientos para la aplicación de vacunas son un reflejo de esta política. Cabe destacar que la recuperación económica está directamente relacionada con el retorno a la normalidad. Aun así, varios integrantes, votantes, legisladores y principales donantes del partido demócrata están sumamente preocupados por lo que consideran una falta de política pública innovadora por parte de la Administración. A excepción del paquete de asistencia económica “American Rescue Plan” en respuesta a la pandemia de COVID-19, la agenda doméstica del Presidente se encuentra estancada. Hubo poco progreso en temas centrales de reforma policial, protección del derecho al voto y política inmigratoria. En este sentido, puede resultar muy difícil explicarle al público estadounidense en general esta ausencia de avances reales con miras a las próximas elecciones, en donde van a ser tan importantes la movilización electoral y la concurrencia a las urnas.

La herramienta del “filibuster” en el Senado —la regla legislativa que requiere la aprobación de 60 de los 100 senadores para adoptar legislación sustantiva en la Cámara Alta en vez de una mayoría simple— es para muchos un gran impedimento para llevar a cabo la agenda que prometió el presidente Biden en su campaña en 2020. Leyes de reforma electoral, policial y migratoria se encuentran bloqueadas en el Senado por esta herramienta que busca el compromiso entre las facciones políticas. Sin embargo, es interesante preguntarse: (1) en qué medida los Republicanos están dispuestos a generar unidad y compromiso en la política pública nacional en tiempos de gran polarización política y necesidad de diferenciarse radicalmente del adversario electoral y (2) si el GOP está dispuesto a atenerse a las reglas del juego político constitucional que los demócratas se esfuerzan tanto en defender.

Sobre este segundo aspecto, Robert Kagan (The Washington Post) argumenta que el partido republicano está jugando en dos arenas diferentes de la política estadounidense. Por un lado, se encuentran los representantes públicos tradicionales que participan del proceso político bajo las normas establecidas. Entre ellos, están los republicanos del Senado liderados por Mitch McConnell, quienes en este momento son los mayores defensores del filibuster porque es la única herramienta que permite frenar la agenda doméstica de Biden. Por otro lado, los políticos a nivel federal y estadual, y el mismísimo Trump, operan por fuera de las reglas habituales. El autor cree que son esperables más actos de violencia generalizada, como los sucedidos el 6 de enero del 2021, si no se toman las acciones necesarias para frenar este curso de acción que podría llevar a una crisis constitucional. Por eso, aprobar legislación nacional que proteja los derechos de los votantes se torna tan importante para Kagan para proteger la democracia estadounidense. No obstante, dicha ley por el momento está retenida en el Senado por la necesidad de lograr compromisos. Asimismo, Kagan asevera que Donald Trump va a ser el candidato republicano a la presidencia en 2024. Esto se debe a que no hay ninguna figura en el partido que haya logrado crecer y acumular apoyos dada la atracción única que genera la personalidad del expresidente.

A modo de contrafáctico, vale la pena preguntarse si los republicanos mantendrán el filibuster de la Cámara Alta como institución en el caso de que accedan al poder, sobre todo si ello impide la realización de la agenda de su partido. En los últimos años, el GOP ha demostrado su continua capacidad de reinventar las reglas de juego —al lograr, por ejemplo, el apoyo al nombramiento de Amy Coney Barrett en la Corte Suprema en tiempo récord— e, incluso, de ir en contra de estas reglas; por ejemplo al denunciar un fraude electoral generalizado en 2020 donde no lo hubo e incentivar un asalto al Capitolio. También han sentado nuevos precedentes al impedir mediante el filibuster que se suspenda el límite de la deuda de Estados Unidos a través del Senado (Ronald Brownstein, The Atlantic). Sin embargo, los demócratas se tuvieron que conformar con que el jueves 30 de septiembre se aprobaran con apoyo bipartidista nuevos fondos gubernamentales hasta el 3 de diciembre de manera más restringida (Andrew Duehren, The Wall Street Journal).

El presidente Biden enfrenta múltiples presiones ante la falta de respuestas políticas a los problemas de Estados Unidos que prometió tratar. Tiene poco tiempo para sacar provecho de las ajustadas mayorías en el Congreso. ¿Será suficiente con controlar la crisis sanitaria y económica? La ambiciosa agenda del presidente demócrata parece inalcanzable por el momento y sus consecuencias electorales pueden ser duras. Al respecto, se destacan dos formas de resolver estas tensiones domésticas por la falta de resultados legislativos en el corto plazo. En primer lugar, la aprobación de una de las dos leyes de infraestructura en el Congreso podría ser un avance, pero estas no solo se encuentran frenadas por las acciones del GOP sino también por las divisiones internas entre progresistas y moderados del Partido Demócrata. A pesar de que el jueves 30 de septiembre se debió posponer la votación programada de esta ley en la Cámara Baja, la mayoría de los analistas políticos opinan que se está cada vez más cerca de un acuerdo (Duehren, Peterson and Collins, The Wall Street Journal). Segundo, la suspensión del filibuster podría ser otro paso considerable para implementar la agenda doméstica de Biden, ya que la mayoría simple demócrata en el Senado sería suficiente para aprobar la legislación transformadora en materia inmigratoria, policial y electoral que se encuentra estancada en la Cámara Alta. Pero queda por verse si los demócratas moderados están dispuestos a eliminar dicha herramienta, ya que se necesita de la totalidad de los votos demócratas en el Senado, además del desempate de la vicepresidenta Kamala Harris. Hay que tomar en cuenta que, una vez retirado el freno legislativo del filibuster, esto también puede beneficiar al GOP en el futuro cuando controle las Cámaras del Congreso.

Mientras tanto, es un peligro mayor para los demócratas llegar a las elecciones de medio término en 2022 con las manos vacías en términos de política social, inmigratoria, de reforma policial y en materia electoral y de política climática, entre otras. Puede pasar un periodo de tiempo largo hasta que el Partido Demócrata vuelva a controlar la Casa Blanca, la Cámara de Representantes y el Senado simultáneamente, y por lo tanto el momento para generar los cambios prometidos parecería ser ahora o nunca.

 

 

POLÍTICA Y RELACIONES EXTERIORES DE ESTADOS UNIDOS

 

 

Is America really back? Biden y el desafío de construir una doctrina de política exterior

Fuente: EFE

Desde los atentados del 11-S, el mes de septiembre ha adquirido un carácter especial en Estados Unidos tanto para su población como para sus mandatarios. Este año, el vigésimo aniversario de los atentados terroristas en suelo estadounidense coincidió con el abandono de una de sus políticas más emblemáticas del siglo XXI: la fuerte presencia y/o intervención militar en países de Medio Oriente (ver edición 112 de este Boletín). Tras recategorizar dicho episodio y abandonarlo como uno de sus ejes ordenadores de la política exterior, el gobierno de Biden reorientó sus energías hacia el refuerzo tanto del bloque occidental en el Indo-Pacífico para contrarrestar a China como hacia el multilateralismo, tal como pudo verse en ocasión de la LXXVI Asamblea General de Naciones Unidas.

La priorización del Indo-Pacífico en la agenda externa estadounidense no es una novedad (ver ediciones 109 y 112 de este Boletín). No obstante, el presidente Biden avanzó fuertemente en dicho frente durante este mes al firmar un acuerdo con el Reino Unido y Australia, conocido como AUKUS, para proveer con submarinos nucleares a este último país. Con el fortalecimiento de Occidente en dicha región como principal objetivo, el alcance de sus implicancias involucra a múltiples actores.

Francia, que tenía un acuerdo con Australia para proveerle submarinos diésel, vio a su industria militar relegada y notablemente damnificada por AUKUS. Dov S. Zakheim (The National Interest) remarca que, si bien Macron tiene motivos para estar molesto, los gobiernos australiano y estadounidense venían dando señales de que un hecho de estas características podía ocurrir. Asimismo, Zakheim opina que, de cara a las elecciones presidenciales francesas del año próximo, AUKUS llega como el insumo perfecto para reavivar la desconfianza transatlántica y abogar por una mayor autonomía estratégica europea, uno de los pilares del discurso de Macron (ver ediciones 110 y 112 de este Boletín).

En el Indo-Pacífico, los actores afectados por AUKUS son principalmente dos: Australia y China. En el primer caso, se ha abierto un debate sobre si el acuerdo es positivo para el país porque le permite posicionarse con fuerza frente a China o, por el contrario, si lo arrastra hacia el núcleo de un eventual conflicto a gran escala entre Beijing y Washington. En este último sentido, el ex primer ministro de Australia, Paul Keating (Nathan Gardels, Noema) opinó lo siguiente sobre este acuerdo: “Si las fuerzas armadas de Estados Unidos con todo su poderío no pudieron vencer a un conjunto de rebeldes con rifles AK-47 montado en pickups, qué chances podrían tener en una guerra con China, no solo el Estado más grande del mundo sino el que comanda y ocupa la mayor masa de tierra en Asia”. Para Keating, el pacto implica “una dramática pérdida de soberanía para Australia” que atará sus fuerzas a “un solo objetivo subyacente: la capacidad de actuar colectivamente en cualquier compromiso militar contra China”.

Por su parte, el exministro de Relaciones Exteriores de Australia, Gareth Evans (Project Syndicate) comenta que, mientras varios funcionarios australianos lo presentan como un acuerdo positivo, su valoración general no es tan clara. AUKUS ha generado descontento en otros líderes de la región al ser potencialmente el puntapié de una carrera nuclear en la zona y ha despertado inquietudes sobre el grado de dependencia que genera con respecto a Estados Unidos en materia de defensa.

En sentido opuesto al de varios analistas, Evans no considera a AUKUS como una amenaza intrínseca para China capaz de desencadenar un conflicto armado. En todo caso, sostiene que Australia puede enriquecerse del mismo (aun cuando implique cierta pérdida de soberanía en materia de defensa) si recurre a su inteligencia política ahuyentando la idea de que AUKUS es una reacción al comportamiento chino y lo presenta, en cambio, como una decisión de largo plazo sin un disparador específico, y así evitar que el conflicto se vuelva una profecía autocumplida.

Por su parte, Emma Ashford y Matthew Kroenig (Foreign Policy) exploran las implicancias de AUKUS para China. En el marco de su competencia estratégica con Estados Unidos, el acuerdo representa un llamado de atención a la potencia asiática sobre la seriedad con la que su rival está priorizando el Indo-Pacífico y su intención de detener el balance militar favorable que China está consiguiendo en la región. Otro de los efectos, según los autores, será desincentivar a China a comportarse de forma agresiva (especialmente en el caso de Taiwán) dadas sus escasas capacidades para defenderse de submarinos nucleares. El tercer punto que destacan es la muy escasa posibilidad de un conflicto directo entre Australia y China. Por el momento, parecieran ser movimientos más defensivos que ofensivos.

El otro gran evento de septiembre fue la LXXVI Asamblea General de Naciones Unidas. Allí, el presidente Biden se dirigió a sus pares con un discurso que muchos juzgan alejado de la realidad. Elise Labott (Foreign Policy) recorre una multiplicidad de tópicos, desde el Acuerdo Nuclear con Irán hasta el AUKUS, con el propósito de mostrar la incongruencia entre la oratoria y las acciones de la Administración Biden hasta el momento. Tal es así que llega incluso a caracterizarlo como similar a Trump en la práctica, de quien solo se diferenciaría por un discurso más cálido y amigable.

En un sentido similar se expresa Eric Posner (Project Syndicate). Desde la óptica del internacionalismo liberal, recorre las principales administraciones estadounidenses del último siglo con el objeto de analizar la tensión permanente entre “intereses nacionales vitales y defensa de los derechos humanos” en el ejercicio de la política exterior. Al respecto, plantea que los primeros han tendido a prevalecer y lo ejemplifica apelando a la no intervención estadounidense en Ruanda y en Sudán, ocasiones en las cuales los intereses estadounidenses no estaban amenazados.

Para el caso de Biden, el autor remarca que en su discurso ante la Asamblea General el mandatario no tenía una posición clara. Si bien sostuvo que los derechos humanos continuarán siendo el “centro de su política exterior”, Posner concluye que al momento de tomar decisiones de política exterior Biden pareciera replicar el pensamiento de sus antecesores e inclinar la balanza en favor de una mirada más realista.

De este modo, la existencia o no de una “Doctrina Biden” de política exterior (y su contenido) vuelve al centro de la escena del análisis internacional. Desde The Economist se observa que las decisiones de política exterior en Estados Unidos están mucho más atravesadas y condicionadas por la opinión pública doméstica que lo normalmente aceptado y que el presidente Biden se encuentra gestionando una transición desde la ya terminada Guerra Global contra el Terror hacia la competencia estratégica con China, al tiempo que los asuntos económicos y vinculados al cambio climático son cada vez más apremiantes. En esa coyuntura, se concluye que solo se podrá hablar de una “Doctrina Biden” cuando se defina el modo en que su gobierno gestionará la competencia con China.

En definitiva, el mes de septiembre fue escenario de eventos, medidas y decisiones de política exterior que muestran lo difícil que resulta dotarla de una identidad capaz de trascender administraciones, un elemento central para muchos analistas a la hora de hablar de una “doctrina de política exterior”. Por lo pronto, Biden pareciera estar decidido a no quedarse atrás frente a los avances de China, pero aún sin mayores certezas sobre cómo hacerlo ni acompañado de qué aliados.

 

Artículos sugeridos:

Financial Times – Quad group’s role under scrutiny after Aukus submarine deal – By Kathrin Hille, Kana Inagaki, Amy Kazmin & Katrina Manson

Foreign Policy – China Has Only Itself to Blame for AUKUS – By Charles Edel

Foreign Policy – The AUKUS Dominoes Are Just Starting to Fall – By Stephen Walt

The Economist – John Bolton on how a new era of American alliances is under way – By John Bolton

The Interpreter – AUKUS and the CPTPP: It’s all about China – By Ian Hill

 

 

ESTADOS UNIDOS Y AMÉRICA LATINA

 

 

(Auto)ayuda para el desarrollo: la transferencia de recursos de Estados Unidos hacia América Latina

Fuente: AP Photo / Gregory Bull

Las más recientes reflexiones sobre las transferencias de recursos de Estados Unidos hacia Latinoamérica refuerzan los postulados de las perspectivas realistas sobre la ayuda para el desarrollo: los donantes son fundamentalmente conducidos por móviles egoístas o, dicho de otra manera, en pos del interés nacional. A grandes rasgos, la ayuda para el desarrollo suele otorgarse para generar mayor estabilidad en países con proximidad geográfica o para generar alianzas e impulsar oportunidades comerciales. En la Administración Biden, esta conducta puede apreciarse tanto en la cuestión migratoria como en las respuestas al avance de China en la región. Dos variables que, sin ser novedosas, han impulsado un cambio de políticas respecto de la Administración Trump en materia de transferencias de recursos a Latinoamérica.

El foco de la agenda del gobierno de Trump estuvo puesto en la construcción del muro en su frontera con México y en el bloqueo a Venezuela. En resumidas cuentas, “su política respecto de América Latina parecía estar guiada por la comunidad hispánica de su país y por su voluntad de contener la inmigración proveniente de América Central” (Anne-Dominique Correa, Le Monde Diplomatique). El avance de China en la región, por otro lado, condujo a la demarcación de líneas rojas, como lo ilustra la decisión de poner freno a la contratación de redes de quinta generación chinas en Brasil (Oliver Stuenkel, Foreign Affairs). Alejado de la elaboración de una agenda positiva, durante cuatro años consecutivos la Administración Trump recortó fondos para la ayuda al desarrollo en la mayoría de los países de Latinoamérica (Congressional Research Service). ¿En qué cambiaron, entonces, estas conductas con la llegada de Biden a la Casa Blanca?

En materia migratoria, la Administración Biden ha dirigido la transferencia de recursos a países de América Central con el objetivo de contener la llegada de flujos migratorios en la frontera sur que, en los últimos meses, alcanzó el pico más alto de detecciones de los últimos 20 años (Migration Policy Institute). Ciertamente, la cercanía geográfica opera como una variable clave para el impulso de los distintos proyectos de cooperación al desarrollo. Las asignaciones se encuentran determinadas por el objetivo de contener la crisis de seguridad desatada por las olas de migrantes que se mantienen en aumento desde enero (78.414), alcanzando dos récords: el primero, en el mes de junio (189.020) y el segundo en julio, manteniéndose desde entonces por encima de las 200.000 detecciones mensuales (Customs and Border Protection) [1]. Este aumento de la ola de inmigrantes tiene un rasgo que la distingue de otras olas de la última década. Como señala Andrew Seale, esta vez un gran porcentaje de migrantes no son ya solo de México o de América Central, sino también de Haití, Ecuador, Brasil, Venezuela y Cuba (Latin American Advisor). El caso de los migrantes haitianos es particularmente difícil porque la mayoría de ellos han estado fuera de su país entre 5 y 10 años, primero buscando refugio en Brasil tras el terremoto de 2010 y luego en buena parte en Chile.

El lanzamiento de la Collaborative Migration Management Strategy muestra muy bien este tipo de medidas. Publicada a finales de julio, propone un proyecto de largo plazo destinado a desarrollar infraestructura de asistencia humanitaria en los países del Triángulo Norte para contener el ingreso de refugiados a Estados Unidos (Sarah Pierce & Susan Fratzke, Foreign Affairs). Junto a esta Estrategia, se destaca también la iniciativa Partnership For Central America, que destinó USD$750 millones de inversión para potenciar al sector industrial durante la próxima década. Este proyecto involucra a una gran variedad de empresas estadounidenses que emplearán trabajadores de Guatemala, Honduras y El Salvador. Con el objetivo de atender a las causas estructurales de la emigración como el desempleo, esta iniciativa se alinea al mismo tiempo con la promoción de intereses económicos y la ampliación de oportunidades en materia de comercio exterior para Estados Unidos. La restricción geográfica de estos proyectos a América Central —en un contexto en el que la crisis migratoria se extiende también a América del Sur— reafirma la cercanía como variable determinante para las transferencias de recursos de Estados Unidos a esa subregión.

Además de la migración, la otra gran cuestión que moviliza la ayuda para el desarrollo es el aumento de inversiones chinas en América Latina (World Economic Forum). En la declaración final de la II Reunión de Ministros de Relaciones Exteriores del Foro CELAC-China realizada en Santiago de Chile en 2018, la delegación china afirmó que “los países de América Latina y el Caribe forman parte de la extensión natural de la Ruta de la Seda Marítima y son participantes indispensables de la cooperación internacional de la Franja y la Ruta” (Foro China-CELAC). Desde aquel momento, la relación entre China y los países latinoamericanos se ha fortalecido de manera sostenida. Anne Dominique Correa señala en el número de octubre de Le Monde Diplomatique lo siguiente: “Estados Unidos se despierta con resaca: China ya no es más ‘el taller del mundo’ sino una potencia tecnológica que pronto podría dictar las reglas del comercio de las industrias del futuro”.

Para muchos analistas, la cura de esta resaca depende de incentivos tangibles antes que de castigos. Oliver Stuenkel señalaba a pocos días de la llegada de Biden a la Casa Blanca, que la demarcación de líneas rojas por parte de Estados Unidos frente al avance de China podría tener efectos altamente contraproducentes debido a los intereses materiales en juego (Foreign Affairs). Distintos analistas y políticos han sugerido el fortalecimiento de la influencia estadounidense en la región a través de la construcción de una agenda positiva que identifique los tópicos en los que encuentre convergencia o complementariedad con los países latinoamericanos (Anne-Marie Slaughter, The Economist, Oliver Stuenkel, Foreign Affairs). Muchos de estos enfoques han promovido el avance de Estados Unidos en el campo del desarrollo “blando” o “intangible” a través del fortalecimiento de las instituciones liberales y de la sociedad civil (Branko Milanovic, Foreign Affairs). Recientemente, Branko Milanovic destacó la necesidad de alejarse en buena parte de este enfoque en favor de una perspectiva más “dura” que promueva la transferencia de recursos “tangibles” para incidir positivamente y con mayor rapidez en el nivel de vida material de las personas (Ver Boletín 109 de este Observatorio).

No tan alejada de estas recomendaciones, la Administración Biden ha comenzado a preparar una estrategia de transferencias de recursos para generar infraestructura en América Latina que procura competir directamente con la Franja y la Ruta (Jennifer Jacobs, Bloomberg). Durante las primeras semanas del mes de octubre se prevé la visita a Colombia, Ecuador y Panamá de Daleep Singh, asesor adjunto de Seguridad Nacional para la Economía Internacional de Estados Unidos, y David Marchick, director de Operaciones de la Corporación Financiera Internacional para el Desarrollo de Estados Unidos. Este viaje involucrará reuniones con distintos funcionarios —entre ellos, ministros de Obras Públicas—, líderes empresariales y activistas cívicos para identificar las necesidades en infraestructura de sus países. (Esta visita será analizada en el número de octubre de este Observatorio).

Las reflexiones en torno a la hegemonía de los Estados Unidos se hacen eco del desgaste de su influencia en Latinoamérica. Actualmente, el fortalecimiento de su posición en la región es visto como un imperativo estratégico en su competencia con China. La política de Biden hacia América Latina revela una reactivación de la ayuda oficial para el desarrollo en contraposición a lo hecho en los años de Trump. Empero, es preciso destacar que la transferencia de recursos hacia Latinoamérica sigue siendo hasta hoy la más baja en comparación a las demás regiones del mundo (Foreign Assistance).

 


[1] En las últimas semanas, a los flujos migratorios provenientes del Northern Triangle se le suman aquellos provenientes de Cuba, Nicaragua y Haití, producto de las crisis desatadas en estos países. Excluidos de los alcances de la Collaborative Migration Management Strategy, los migrantes cubanos, nicaragüenses y haitianos se presentan como un nuevo desafío a la política migratoria.

 

El Observatorio Estados Unidos brinda información por medio del seguimiento en los medios de prensa de los principales acontecimientos vinculados a la política interna norteamericana, a los Estados Unidos y el mundo, y a los Estados Unidos y América Latina en particular. Las opiniones expresadas en esta publicación son exclusiva responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente el pensamiento del CARI.

 

 

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